PSICOLOGÍA

¿Existen las fobias del turista?

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Miedo a volar, a los edificios antiguos, a hacer cola, a quedarse sin cobertura móvil, a los animales salvajes… Actualmente hay cientos de fobias identificadas y otras tantas surgen cada día. Muchas afectan al turista y lo mejor de todo es que tienen solución.

Pasar un fin de semana romántico en las cumbres blancas de los Alpes, deambular por el centro de Ámsterdam junto a sus canales o dejarse atrapar por el embrujo de las auroras boreales al filo del círculo polar ártico son propuestas a los que muy pocos nos podríamos resistir. O quizás sí, especialmente si sufrimos de chionofobia (miedo a la nieve), cyclofobia (miedo a las bicicletas) o achluofobia (miedo a la oscuridad).

Del griego Fobos (la personificación del temor y el horror), las fobias son “miedos irracionales e injustificados que empujan a la persona que las padece a tratar de escapar”. Así es como las define María Dolores Avia, catedrática de Psicología de la Personalidad de la Universidad Complutense de Madrid, quien ha confesado, en una entrevista concedida a Efetur, que prefiere referirse a este tipo de trastornos por el nombre con el que los conoce la gente en la calle en lugar de por su nomenclatura científica.

Así, en vez de hablar de alektorofobia, coulrofobia, molysmofobia, phalacrofobia o sesquipedalofobia, se inclina por hablar de miedo a los pollos, a los payasos, a la contaminación, a quedarse calvo y a las palabras largas.

Las fobias del turista

Cuando hablamos de fobias no podemos vincularlas a un segmento específico de la población y mucho menos a quien realiza una determinada actividad como puede ser el turismo. En realidad, un determinado temor  puede manifestarse en distintos contextos, ya sea turístico o no. Por ejemplo, la ofidiofobia (miedo a las serpientes), puede condicionarnos si visitamos el Amazonas pero también si estamos tomando el sol en un banco de un parque y observamos cómo se desliza uno de estos reptiles entre nuestros pies.

Quienes acusan una aerofobia más severa “prefieren practicar un turismo de cercanía, porque incluso después de haber llegado a su destino en avión son incapaces de disfrutar de sus vacaciones pensando en la vuelta

Pese a todo, sí que hay determinadas fobias que se manifiestan más claramente cuando la persona que las padece desarrolla una actividad turística. Tal es el caso de la aerofobia (miedo a volar), un trastorno “relativamente frecuente que limita a las personas a la hora de desplazarse hasta el punto de tener que buscar medios alternativos como el tren”, explica Avia. Los casos menos graves “pueden detectarse perfectamente a bordo de un avión. Solo hay fijarse en las caras de los pasajeros, especialmente durante el aterrizaje. ¡Se nota muchísimo!”.

En casos extremos, quienes acusan una aerofobia más severa “prefieren practicar un turismo de cercanía, porque incluso después de haber llegado a su destino en avión son incapaces de disfrutar de sus vacaciones pensando en la vuelta”.

Más allá del miedo a volar

Quienes sufren de agrizoophobia no pueden ir de safari. Foto: Lau Chun Kit@Shutterstock.com
Quienes sufren de agrizoophobia no pueden ir de safari. Foto: Lau Chun Kit@Shutterstock.com

Otras personas, “sobre todo cuando viajan a países con un nivel de desarrollo inferior al nuestro, viven obsesionadas con la suciedad y revisan de arriba abajo las sábanas o el cuarto de baño”. En estos casos, “las condiciones higiénicas pueden generar bastante malestar o impedir el descanso”.

Algo similar sucede con la comida, especialmente “si es muy diferente a la que estamos acostumbrados”. Hay quien, al margen de la limpieza, también “cuestiona constantemente cómo se ha cocinado o qué ingredientes lleva”.

Otro temor muy extendido está relacionado con la seguridad del lugar donde nos alojamos. “En muchos hoteles, basta con dar una patada para echar la puerta abajo y eso provoca también aprensión, aún tratándose de una zona segura”, asegura Avia.

Otras personas viven obsesionadas con la suciedad y revisan de arriba a abajo las sábanas o el cuarto de baño

Y, aunque no es una fobia propiamente dicha, “la hipocondría puede impedir a quien la padece emprender cualquier tipo de viaje y, si lo hace, siempre se asegurará de que haya un hospital cerca de su destino al que poder acudir ante cualquier contingencia”. En este sentido, “actualmente hay gente que, sin llegar a ser hipocondriaca, reacciona con verdadero pánico ante la posibilidad de estar en una zona infestada por el mosquito que transmite el virus zika”.

Otras fobias que pueden afectar al turista son la macrofobia (miedo a hacer cola), la nomofobia (miedo a quedarse sin cobertura móvil), la limmofobia (miedo a los lagos), la agrizoophobia (miedo a los animales salvajes), la osmofobia (miedo a los olores) o la atefobia (miedo a los edificios antiguos).

¿Por qué tenemos fobias?

Hay quien no viaja por temor a quedarse sin cobertura móvil. Foto: Efetur / Paolo Aguilar.
Hay quien no viaja por temor a quedarse sin cobertura móvil. Foto: Efetur / Paolo Aguilar.

A tenor de las aclaraciones de Avia, las fobias pueden tener un origen muy diverso, si bien “lo habitual es que las personas fóbicas desarrollen sus miedos a partir de algún episodio desagradable en sus vidas”.

La hipocondría puede impedir a quien la padece emprender cualquier tipo de viaje y, si lo hace, siempre se asegurará de que haya un hospital cerca de su destino

De todos modos, las fobias no siempre necesitan ser abordadas. Si un señor de 80 años sufre de didascaleinofobia, lo más probable es que ni siquiera lo sepa y, por tanto, no necesite tratarse. No a menos que decida volver al colegio, que es en realidad a lo que temen quienes padecen este trastorno.

Otra cosa muy distinta es que la persona fóbica tenga que enfrentarse irremediablemente a sus miedos. “Recuerdo a una señora que tenía pavor a las cucarachas -un insecto presente en muchos destinos turísticos- y cuando compró un insecticida para eliminarlas, incluso tuvo que tapar la etiqueta para evitar ver el dibujo del mayor de sus temores”.

¿Se pueden curar las fobias?

Existen muchas maneras de tratar las fobias, aunque “la más aceptada es la terapia cognitiva-conductual, consistente en dejar de evitar aquello que nos provoca temor”, aclara Avia.

Es muy importante que, cuando se inicia el tratamiento, “la exposición a lo que sea que provoca la fobia se realice de manera frecuente y periódica porque, de lo contrario, no se conseguirían los resultados deseados”. En ocasiones es incluso necesario que durante la exposición, el paciente cuente con el apoyo de un profesional, por ejemplo, acompañándole en un viaje en metro para superar su aprensión a este medio de transporte.

La terapia cognitiva-conductual consiste en dejar de evitar aquello que nos provoca temor

Cuando se trata de fobias complejas, como es el caso de la agorafobia (miedo a los espacios abiertos) o la fobia social (miedo a la gente), “el proceso de recuperación puede ser más lento, si bien la tasa de recuperación es, como en las fobias simples, también elevada”.

Los edificios antiguos provocan terror en algunas personas. Foto: EFE/ Miguel García.
Los edificios antiguos provocan terror en algunas personas. Foto: EFE/ Miguel García.

Superar el miedo a volar

Actualmente, buscando en Internet podemos encontrar cientos de empresas y gabinetes psicológicos especializados en el tratamiento de las fobias. Entre los resultados obtenidos aparece la web de “Miedo a Volar”, con más de 25 años de experiencia en la resolución de estos trastornos.

Uno de sus fundadores es Javier del Campo Martín, piloto retirado que, junto a la psicóloga clínica y educativa Luisa del Campo Martín-Cobos, organiza cursos para ayudar a perder el miedo al avión, algunos con Iberia.

Las personas aerofóbicas suelen ser muy perfeccionistas y controladoras, por lo que se ponen nerviosos a bordo de un avión en el que la situación se escapa de sus manos

En opinión del experto, el perfil de las personas que padecen de aerofobia responde a “un cociente intelectual medio o por encima de la media”. También son “muy imaginativas, capaces de visualizar situaciones catastróficas”, y “muy perfeccionistas y controladoras, por lo que se ponen nerviosos a bordo de un avión en el que la situación se escapa de sus manos”.

El curso básico incluye pautas teóricas sobre psicología y técnicas de vuelo y pautas prácticas, en las que se simulan turbulencias, fallos en el despegue y crisis nerviosas, entre otras situaciones estresantes. Si el alumno es disciplinado, pueden resultarle suficientes “seis sesiones de 50 minutos, aunque todo depende de cada caso particular”. Con la constancia necesaria, la tasa de éxito de este curso puede elevarse “hasta el 98%”.

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