Turrones, belenes, abetos, Reyes Magos, villancicos… ¿Eres de los que piensa que las Navidades están ya desfasadas y necesitan un toque de vanguardia más allá de los cuernos de reno con luces parpadeantes y las pelucas de espumillón?
No desesperes. No hace falta que inventes nada. Lo único que tienes que hacer es tomar nota de cómo se celebran estas fiestas en otros lugares para encontrar las tradiciones que más se adapten a tu gusto.
Y no nos referimos a beber vino caliente o cantar Noche de Paz de puerta en puerta. Eso está ya muy visto. Nos referimos a costumbres tan antagónicas como las de Noruega y Guatemala. Mientras que en el país escandinavo esconden todas las escobas en Nochebuena para evitar que las roben las brujas, en el país centroamericano las sacan para barrer la casa antes de la cena, amontonar la suciedad generada junto a la de los vecinos y coronar la pila originada con la efigie de un demonio, que posteriormente se quema para ahuyentar las energías negativas.
Ni pavo ni marisco, esto es lo que se come en otras latitudes

Si, por un casual, te han invitado a pasar las Navidades en Sudáfrica, mejor olvídate del pavo, el marisco y otras delicias típicas de estas fechas. Deja a un lado los prejuicios y prepárate para deleitarte con larvas de polilla emperador recién fritas. Un auténtico manjar que debe servirse crujiente. Y si no te van las larvas, quizás te apetezca tomar mattak. Esta receta, típica de Groenlandia, incorpora como ingrediente principal piel cruda de ballena, que se sirve en su propio sebo.
¿Sigue sin convencerte? Seguro que no puedes resistirte a la seducción del kiviak, otro plato groenlandés que se elabora con alcas comunes –unas pequeñas aves árticas- que, sin desplumar, ni destripar, ni nada, se introducen en el cuerpo vaciado de una foca y se entierran durante varios meses. El plato está listo cuando la carne alcanza su punto óptimo de putrefacción.
Aunque menos drásticos, los portugueses también sorprenden por sus costumbres a la hora de preparar su cosoda o banquete navideño. Cuando ponen la mesa, no solo colocan los cubiertos en función del número de comensales presentes, también la ponen para los que ya no están entre nosotros como una forma de honrar su memoria.
Los británicos, por su parte, prefieren quedarse en el plano terrenal. Cuando cocinan su pudding navideño, todos los miembros de la familia deben removerlo en el sentido de las agujas del reloj. Solo así conseguirán tener buena suerte el año próximo.
Un objetivo similar, aunque con diferente técnica, es el que persiguen los eslovacos, cuando delegan en los hombres ancianos de la familia la tarea de remover el pudding de loksa y catapultarlo con una cuchara hacia el techo. La buena suerte, en este caso, será directamente proporcional a la cantidad de pudding que se quede pegado al techo.
Y si no te apetece cocinar, haz como los japoneses que, a raíz de una exitosa campaña publicitaria de 1974, pasan la Nochebuena comiendo pollo en KFC.
Personajes bondadosos y otros que no lo son tanto

Pese a que Papá Noel gana terreno año tras año, los Reyes Magos todavía mantienen su protagonismo en España como portadores de alegría y regalos. Un papel que también conservan en Filipinas y que, en Italia, se encomienda a la bruja Befana, un ser bondadoso que, en el desempeño de sus funciones, pretende conocer a Jesús recién nacido.
En Japón, donde la Navidad no es una fiesta oficial, el encargado de entregar los presentes es Santa Kurohsu, una versión mejorada de Santa Claus que incorpora ojos en la nuca para poder controlar a los niños que no se han portado bien. Y no solo él tiene poderes. También los tiene San Nicolás, conocido en Holanda como Sinterklaas. Este antiguo obispo turco vive ahora en España, concretamente en Madrid. Desde la capital, año tras año, se sube a bordo de su barco de vapor y zarpa rumbo a los Países Bajos… Cosas de la magia, que hacen del Manzanares un río navegable.
Por otra parte, además de estos generosos personajes, nuestra tradición cuenta con otros igualmente buenos, como los ángeles anunciadores, los pastorcillos y las lavanderas. Sin embargo, en países como Austria, la Navidad llega reencarnada en el cuerpo de Krampus, un demonio que golpea a los niños rebeldes con ramas. O adoptando en Gales la forma de Mari Lwyd, un cráneo de yegua que se fija a un palo de madera y se tapa con una sábana blanca para ocultar a la persona que lo porta mientras atemoriza a los niños por las calles.
No menos temible es el gato Yule, de Islandia, que agazapado entre las colinas, devora a quienes no reciben ropa nueva antes de la Nochebuena. Tampoco conviene tentar a Nisse, un elfo maligno danés que roba los juguetes a los pequeños si se olvidan de dejarle un plato de arroz con leche. Peor es lo que sucede en Grecia, donde no hay uno, sino decenas de duendes Kallikantzaroi que, ocultos en el subsuelo, afloran en Navidad para provocar el caos en la superficie.
¿Y por qué no? Si se trata de asustar a los niños, una opción eficaz es narrarles la historia de Danny, un niño sudafricano que se comió las galletas que su abuela había preparado para Santa Claus. La anciana, llena de ira, acabó matando al nieto. Ahora, el espíritu de Danny vaga de casa en casa intimidando a los que no se portan como es debido.

Calcetines y zapatos, buzones improvisados
La costumbre española de dejar los zapatos junto al árbol, la chimenea o el alféizar de la ventana para que los Reyes Magos depositen en ellos sus regalos también es compartida por los niños franceses, que esperan a Père Noel. Los alemanes, por su parte, hacen esto mismo, aunque el 5 de diciembre, e igualmente pueden encontrarse con un trozo de carbón si ese año no han demostrado un comportamiento adecuado.
En Inglaterra, los zapatos son sustituidos por calcetines. Allí, los niños deben escribir una carta y mandarla a Santa Claus a través de la chimenea encendida. Eso sí, procurando que salga despedida por el tiro escapando intacta de las llamas. Si se quema, no les queda otra que volverla a escribir. Un problema al que no se enfrentan los canadienses, cuyo servicio postal reconoce la dirección de Santa Claus, North Pole, Canada, H0H 0H0. Cualquier carta que lleve tal destinatario se abre y se responde.
¿Navidad o Halloween?

Los belenes españoles llaman la atención en muchas partes del mundo, especialmente aquellos que incluyen la figura del caganer o los que están custodiados por el Tió de Nadal, otra costumbre catalana que consiste en vaciar un tronco, decorarlo con una cara sonriente y una manta a modo de capa y rellenarlo de caramelos. El artefacto, a medida que es golpeado con un palo, va liberando su contenido de una forma un tanto escatológica.
Otro elemento imprescindible de la Navidad es su árbol. En Ucrania, en lugar de engalanarlo con espumillones y bolas de colores, utilizan arañas y telas de araña, mientras que en Alemania esconden un pepinillo de cristal entre las ramas para que lo busquen los niños. Aquel que lo encuentra, se lleva un regalito y buena suerte para todo el año.
¿Y qué pasa si no tenemos un abeto a mano? Nada, no pasa nada. En India se las ingenian decorando mangos y palmeras. Una opción también aceptada por los neozelandeses, que en su lugar emplean un árbol autóctono denominado pohutukawa, y los australianos, que lo sustituyen por otro arbusto local, el ceratopelatum.






