Desde su construcción en el siglo XIX, el Palacio de Fomento (Madrid) ha sido testigo de la transformación social y política del país; a pesar de todos los cambios, el arte ha quedado intacto en un espacio que podría ser una "extensión" del Museo del Prado y que en la actualidad vigila la política del campo.
El primer fin que tuvo el palacio fue el de Escuela de Artes y Oficios, una tarea que se le encargó a Mariano Belmás para la que se expropiaron varias hectáreas del Jardín Botánico.
A partir de 1881, momento en el que el arquitecto Ricardo Velázquez Bosco continuó con el proyecto de Belmás, los usos que se le han dado al edificio han cambiado al igual que ha cambiado la sociedad y los propios cimientos de la estructura, remodelado desde apenas el tercer año de su construcción.
El edificio ha sido desde Ministerio de Fomento, con competencias compartidas con el Ministerio de Economía, hasta Ministerio de Agricultura, Industria y Comercio.
En la actualidad, son muchos los ciudadanos y vecinos que repiten el gesto de extender el cuello y alzar la mirada cuando pasan por las inmediaciones del Palacio de Fomento, actual sede del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA).
Y al alzar la mirada, los ciudadanos pueden ver el conjunto escultórico La Gloria y los Pegasos, aunque, a diferencia del resto de cuadros que habita en el interior, se trata de unas imágenes que no son originales, ya que las esculturas originales se tuvieron que retirar y ahora están en Legazpi y en la Glorieta de Cádiz.
El interior: Cuadros que cuentan la historia
La grandilocuencia que emana el edificio se respira desde la estación de tren de Atocha, a apenas unos metros de distancia, y que supuso el punto de llegada de muchos de los materiales y útiles que conforman el palacio, provenientes de países como República Checa.
Desde fuera, la construcción se puede confundir con un museo aunque, una vez dentro, el interior no reduce la confusión sino que la aviva: Grandes escaleras de mármol, techos altos y una bóveda de cristal se mezclan con el estilo barroco y clásico.
El edificio, abierto al público esta semana con motivo de la "Semana de la Administración Abierta", es un lienzo en el que el paso del tiempo ha ido dejando sus hitos, como el reinado de María Cristina de Habsburgo, la II República, la Dictadura franquista y de la democracia.
Los cuadros dan testimonio de este paso del tiempo; por ejemplo, una de las salas principales del actual Ministerio cuenta con la obra "Los Afligidos", del pintor Emilio Poy Dalmau, perteneciente a la colección del Museo del Prado.
En este cuadro de 1910 los protagonistas son los campesinos, que se posan ante un altar para pedir por la fertilidad del campo ante las inclemencias del tiempo; un siglo después, el despacho donde descansa la obra ha sido testigo de peticiones similares.

En él, por ejemplo, se realizó el pasado año una cata de tomate español para demostrar la calidad del producto nacional -tras las críticas de Francia- y en esas paredes el campo, a través de en las organizaciones agrarias, ha pedido más inversión en recursos hídricos y un reparto más justos de las ayudas al sector.
Son muchas las obras pictóricas pertenecientes a la colección del Museo del Prado que se pueden encontrar en el Palacio de Fomento, aunque también hay relojes de Patrimonio Nacional, jarrones de famosos ceramistas, ascensores de época y extensos tapices.
De las paredes de los largos pasillos que dan forma al palacio cuelgan retratos de los diferentes ministros que han pasado por sus estancias, entre ellos se encuentra el del político Niceto Alcalá Zamora, el de José Luis Álvarez y Álvarez y Carlos Romero.
No obstante, entre esas paredes destacan varias que se encuentran vacías, un vacío que corresponde a la época de la dictadura y que permanece sin retratos para cumplir con la Ley de memoria histórica.
Cientos de años después, los protagonistas del cuadro de "Los Afligidos" han pasado de estar representados en una imagen a poder tener un espacio entre las paredes que guardan el arte; años después, pueden pisar el suelo de madera por el que siempre ha caminado el poder político para hacer valer sus reivindicaciones.






