Playas de agua cristalina, exóticos valles y escarpados riscos hacen de la desconocida Albania un nuevo destino turístico europeo a explorar, a pesar de que el naciente boom inmobiliario puede amenazar la virginidad de un lugar que se recupera de años de letargo.
Esta naturaleza idílica, combinada con una rica herencia cultural, produce en los turistas extranjeros la sensación de ser exploradores en pleno siglo XXI: lo que está convirtiendo al país balcánico en un destino turístico privilegiado. De hecho, la prestigiosa guía Lonely Planet colocó a Albania en la cabeza de su top-10 de lugares a visitar en 2011.
Gracias a las cortas distancias y a la mejora en las carreteras, el turista puede, en un corto espacio de tiempo, practicar alpinismo en montañas de 2.500 metros de altura; tomar el sol en las playas de arena del Mar Adriático, o en las rocosas y cristalinas del Mar Jónico y darse un chapuzón en el lago de Ohrid, uno de los geológicamente más antiguos del mundo.
Paisaje inalterado
El paisaje alpino del norte, con altos y ásperos acantilados de los que manan ríos de agua celeste, parece no haber cambiado desde que los describiese hace un siglo la antropóloga británica Edith Durham.
En el sur, los buceadores tienen este verano el privilegio de ser los primeros descubridores de las riquezas submarinas en torno a la península de Karaburun y la isla de Sazan, en la bahía de Vlora, cerradas hasta ahora a los veraneantes por ser las bases navales militares más importantes del antiguo régimen comunista.

A este vasto museo natural se le añade una riqueza cultural e histórica inmensa con restos heredados de ilirios -antepasados de los albaneses-, helenos, romanos, bizantinos, eslavos y venecianos, hasta los otomanos que se marcharon en 1912 tras un dominio de cinco siglos, lo que ha dejado tres localidades Patrimonio de la Humanidad.
Cierto atractivo turístico tienen también los miles de búnkeres que surgen por doquier como champiñones blancos, construidos por el paranoico dictador Enver Hoxha para defender a su pueblo de una eventual invasión imperialista de los países capitalistas o revisionista de los estados comunistas con los que rompió relaciones.
Turismo creciente
La emergente industria del turismo ha comenzado a crecer tras el largo aislamiento de la dictadura comunista, 1944-1991, que circundó las fronteras con alambre de espino para evitar que los albaneses escapasen de su país, algo que era castigado con el fusilamiento, el encarcelamiento o la deportación de toda la familia hasta nietos y bisnietos.
Entonces, los pocos turistas que visitaban el país más aislado y reprimido de Europa eran grupos de marxistas-leninistas de tendencia maoísta que quería conocer la experiencia de sus "camaradas" albaneses.
Tras el desastroso paso al capitalismo y la democracia liberal de la década de 1990 -con estafas piramidales, corrupción y revueltas- Albania sólo recibía 300.000 visitantes anuales al inicio del siglo XXI, pero en los últimos años el número se ha multiplicado por quince: 4,7 millones de turistas visitaron el país en 2012.

Sin embargo, este reciente "boom" también tiene sus contrapartidas y las autoridades no han logrado poner freno a una construcción desbocada sobre primera línea de costa, que ha acabado con dos de las playas más populares y bellas, la de Durres y la de Saranda.
En la costa faltan hoteles de calidad, canalizaciones de aguas y no hay baños públicos, mientras que algunos cauces de ríos se han convertido en grandes vertederos de basura.
Pero también es cierto que el 70 % de los 400 kilómetros de costa aún están prácticamente sin tocar, predomina la sencillez y los precios relativamente bajos, todo ello ventajas para atraer a nuevos turistas.
Además, la gente es amable y acogedora y la comida es natural y rica en influencias turcas, griegas e italianas.
Aunque aún predomina el turismo "patriótico" de los vecinos albaneses de Kosovo, hay un interés creciente entre germanos, checos y británicos por los viajes culturales y el turismo de montaña.






