Eso es lo que investiga el proyecto Resina (Raíces de Resiliencia), liderado por la Universitat Jaume I (UJI) de Castelló y en el que participan también la Universidad de Cádiz (UCA) y la Universidad Pública de Navarra (UPNA), que ha analizado 257 prácticas en nueve ámbitos territoriales piloto de tres comunidades autónomas (Comunitat Valenciana, Navarra y Andalucía).
El objetivo es identificar, valorar y transferir las prácticas cotidianas de sostenibilidad que emergen desde el medio rural como respuestas innovadoras y resilientes a los grandes desafíos, ha explicado a EFE el coordinador general del proyecto e investigador de la UJI, Xavier Ginés.
En concreto, se han estudiado 117 iniciativas en los valles Roncal-Salazar y Baztán y el municipio de Aoiz, en Navarra; 73 en las localidades de Viver, La Mata de Morella y La Jana, en la provincia de Castellón, y 67 en la sierra de Grazalema, en Cádiz.
La elección de las prácticas analizadas por estas tres universidades ha sido elaborada junto a la población local, lo que permite reconocer tanto iniciativas organizadas como esas formas cotidianas de ayuda mutua que a menudo pasan desapercibidas, afirman las mismas fuentes.

La mayor parte de las acciones desarrolladas (87 de las 257 estudiadas) va dirigida a paliar la falta de ocio y vida social en estas zonas, y está detrás del 40,2 % de las prácticas navarras, del 30,1 % de las castellonenses y del 26,9 % de las andaluzas.
La economía y el empleo, la soledad de las personas mayores, los servicios y la movilidad, y la información y la participación son otros de los asuntos a los que se trata de dar respuesta con prácticas de cuidados y reproducción social, gestión comunitaria de servicios, productivas o del medio natural y emergencias.
De la cultura del aceite a un club de lectura
Para conocer estas experiencias de cerca, el equipo encargado del proyecto, financiado por el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, ha seleccionado algunas para un análisis en profundidad, que se dieron a conocer en las ‘Jornadas de Acción Rural en la Nueva Ruralidad: Raíces de Resiliencia’, celebradas a finales de septiembre en Benassal (Castellón).
Es el caso del comedor de una escuela infantil de Aoiz y el trabajo comunitario en Uztárroz en Navarra; el acompañamiento a personas mayores y la cultura del aceite de oliva en Castellón; y las huertas familiares de Benamahoma y el club de lectura de Benaocaz en la Sierra de Grazalema.
En La Jana (Castellón), el aceite de oliva es mucho más que un producto: mantiene saberes transmitidos entre generaciones, sostiene economías familiares y vincula a la población con el territorio.
Así, ante la mosca del olivo, productores y cooperativa se pusieron manos a la obra y prepararon juntos 12.000 botellas trampa, un ejemplo de cómo se movilizan conocimientos y trabajo compartido ante un problema agrícola.
En el pueblo navarro de Uztárroz han encontrado una forma de resolver dos necesidades a la vez: poder comprar sin salir del pueblo y tener espacios donde encontrarse. Un grupo de consumo y una programación cultural lo hacen posible, con voluntarias que atienden el local y un equipo que coordina pedidos y cuentas.
En Aoiz, Jangoitz cocina en la propia escuela infantil con productos de comercios y proveedores cercanos, mientras que Kulturgune reúne a grupos y vecinos para participar en la programación cultural.
En Cádiz, el club de lectura ‘El Sillón de la LL’ de Benaocaz se reúne cada semana en torno a libros, escritura y conversación, mientras que una huerta familiar de Benamahoma produce alimentos pero también prepara conservas, comparte los excedentes y devuelve al suelo el compost y los restos de poda.
Estas prácticas, más allá de su función inmediata, refuerzan la cohesión social, sostienen la vida cotidiana y contribuyen a construir identidades locales en contextos marcados por la fragilidad demográfica y las desigualdades territoriales, asegura Xavier Ginés.
Desde esta mirada, el mundo rural se presenta como un espacio activo, con capacidad de generar normas, respuestas y formas propias de organización, y no como un territorio pasivo condicionado solo por factores externos, lo que permite cuestionar la visión urbanocéntrica dominante y abre nuevas vías para repensar la sostenibilidad, la reproducción social y la justicia territorial.









